LA RUEDA DEL TIEMPO

LA RUEDA DEL TIEMPO

Cuenta una historia que le preguntaron a un anciano venerable sobre su saber: 

-Por favor, dinos qué cosas puede hacer un sabio que no están al alcance de las demás personas.

El anciano les contestó:

-Cuando como, simplemente como; duermo cuando estoy durmiendo y cuando hablo contigo, sólo hablo contigo.

-Pero eso también lo podemos hacer nosotros y no por eso somos sabios -le dijo su interlocutor sorprendido.

-Yo no lo creo así -le replicó el anciano. Pues cuando duermes recuerdas los problemas que tuviste durante el día o imaginas los que podrás tener al levantarte. Cuando comes estás planeando lo que vas a hacer más tarde. Y mientras hablas conmigo piensas en qué vas a preguntarme o cómo vas a responderme, antes de que yo termine de hablar. El secreto es estar consciente de lo que hacemos en el momento presente y así disfrutar cada minuto del milagro de la vida.

 

Esta clarificadora historia sirve para acercarnos a la sensación de rueda del tiempo en la que estamos inmersos. 

Ya llegó nuevamente el verano, la realidad de las vacaciones, otra vez las fiestas de cada pueblo y, tras un suspiro, el regreso para un nuevo curso. Sentimos que hay un comienzo de ciclo en septiembre con el año académico, una renovación sin campanadas ni uvas de la suerte. De niña me fastidiaba enormemente que animaran a prepararse para el comienzo de las clases pocos días después de la celebración final. Sin embargo, todo pasa tan asombrosamente rápido que enseguida aparece la Navidad con su mesa dispuesta para los buenos deseos. Después la juerga del Carnaval. Más tarde, el esperado descanso de Semana Santa y sin casi darnos cuenta... Volvemos al mismo punto. y volvemos al mismo punto.

¿Es realmente el mismo sitio? ¿Partimos desde igual posición?

 

Un círculo que gravita infinitamente. Una noria o rueda del tiempo que nos muestra las imágenes alternadas, imparables, constantes, encadenadas, cíclicas de noches y días. Y aunque absolutamente todo parece pasar una y otra vez, las estampas nunca se repiten y las figuras no son exactamente iguales. Todo gira alrededor con la misma melodía, pero en cada vuelta del carrusel se nos presenta algo diferente y nada ocurre en balde. Ya no somos los mismos.

El tiempo pasa de manera irreversible ya sea en una etapa favorable o en un annus horribilis y aunque los segundos se evaporen, dejan un poso de enseñanza que nos va llenando de lo que llaman vida. Comienza ésta siendo la perfecta unión con el ahora, con la maravilla de cada momento porque los niños intuyen en cada paso que es único e irrepetible. La inocencia aporta esa absoluta sabiduría como mágica transformación de cada instante en sagrado. Están inmersos en sus juegos sin que les ansíe la comida que tendrá lugar en un rato ni el mañana con sus futuribles retos.

-¿Cuánto es una hora, mamá, poco o mucho? -me pregunta mi hija pequeña.

Y en ese poco o mucho se sumerge, en absoluta conexión con lo que está haciendo, dándole igual la respuesta porque nada es poco y todo es mucho.

 

El ímpetu de la juventud nos empodera, nos rodea con su vigorosa fascinación por demostrar que todo es posible. Parece no haber límites ni barreras para la fuerza, el erotismo y la aventura. El tiempo se transforma en un colchón de pasión para saltar por encima de lo aparentemente vulgar.

Cuando un tramo del camino está recorrido y nos asentamos en el sentido de la adultez, o al menos en parte, tal vez en lugar de perseguir quimeras vemos más útil acercar las ilusiones a nosotros, como quien tira de la cuerda del globo hacia sí, para sentir que hemos conseguido los objetivos marcados. En la etapa de la prudencia, la sensatez, con más experiencia, comenzamos a ser conscientes de los límites porque tal vez hemos soltado expectativas y han desaparecido cómplices en el trayecto. Ahora ya no todo vale y las prioridades están más cercanas al corazón.

A medida que la rueda temporal gira inexorablemente nos vamos sintiendo, esto es lo adecuado, pero no lo general, próximos al eje. Perdemos elasticidad, frescura y exuberancia sin embargo podemos ganar en claridad mental y serenidad. Estamos más cerca de lo esencial y nos damos cuenta de que las estaciones siguen teniendo la misma intensidad, pero no regresan. Las semanas se escapan como arena entre los dedos. Las ocasiones sublimes dan paso a otras tristes y notamos que el pretendido control no existe. El tiempo nos atrae, nos seduce porque, lejos de perderlo o ganarlo, podemos crear en él. Somos artesanos de lo insospechado, dándole forma al sentir de las emociones.

 

Cada palabra leída de este texto es ya pasado, sólo la efímera letra que está siendo acariciada por los ojos forma parte del ahora. Todo se mueve; así debe ser, ya que esta eternitud comenzó antes que nosotros y permanecerá cuando nos hayamos ido. Es un “corro de la patata” con su propia inercia donde, como en los juegos infantiles, entras para participar y sales porque ya no juegas más. En el transcurso de este bello aprendizaje del existir nunca tenemos años, no los poseemos, pero podemos contarlos para cumplirlos. Únicamente el breve y sutil instante presente del tamaño de un suspiro es nuestro regalo. Abrámoslo con la delicadeza que merece algo precioso.

 

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Mi nombre es Generosa Lombardero y me dedico a la Educación Transpersonal. La lesión cerebral de mi hija mayor me abrió las puertas de la Atención, el Autocuidado y la Presencia. Muestro el camino que yo recorro y practico. ¿Te acompaño?

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